Los propietarios del cuadro, sustraído de su domicilio en 1979, habían denunciado al museo tras descubrirlo en sus fondos
La obra titulada «La curación milagrosa del hijo iracundo», del maestro veneciano del barroco, había sido sustraída en 1979 del domicilio de sus propietarios en París. Seis años después del robo el responsable de compras del museo público del estado de la Baja Sajonia, Meinhold Trudzinski, adquirió en la capital francesa el lienzo bajo circunstancias que se consideran muy sospechosas.
Los propietarios del cuadro de Tiepolo (1696-1770), artista que falleció en Madrid y considerado como el último gran pintor de la época barroca, habían denunciado al museo tras descubrir la obra en sus fondos. En primera instancia, la Audiencia de Hannover había fallado hace tres años en contra de los propietarios del cuadro, que había sido reclamado por el responsable de la ejecución del testamento de su antigua dueña en nombre de los herederos.
Una compra sospechosa
El lienzo fue adquirido al parecer por el representante del museo alemán por el (según los expertos) bajo precio de un millón de francos, equivalentes a los 328.000 euros actuales, a una vendedora de arte y trasladado a escondidas a Alemania para evitar los controles aduaneros. Aunque el museo aseguró desconocer las circunstancias de la compra y traslado del cuadro a Hannover, los jueces de Celle han considerado que la dirección del centro de arte «sabía exactamente» como habían conseguido el lienzo.
viernes, 17 de septiembre de 2010
jueves, 16 de septiembre de 2010
La semana de Nueva York abre una temporada con diseños marcados por el pragmatismo y la claridad
La semana de la moda de Nueva York inicia el calendario internacional de presentación de las colecciones para la temporada primavera/verano 2011. Un circuito que continúa con Londres y Madrid -que coinciden en el tiempo-, Milán y, finalmente, París. En ese sentido, las propuestas que desde el día 10 de septiembre y hasta hoy se muestran en Estados Unidos escriben el primer capítulo de una nueva serie. Su trama principal habla de la recuperación del optimismo. La secuencia del trauma que la crisis económica ha provocado en la moda es casi de manual.
La bofetada de realidad sorprendió a los diseñadores en plena recuperación del hedonismo de los años ochenta. El verano de 2009 era una disoluta apropiación de hombreras, brillos y otros excesos propios de la década. El brutal reajuste provocado por la nueva realidad de los consumidores se empezó a palpar en el siguiente otoño, pero no tuvo una respuesta convincente hasta la temporada primavera/verano 2010. La primera colección de Phoebe Philo para Celine marcó entonces la senda de un nuevo pragmatismo que cuajó en un minimalismo generalizado para el otoño que ahora empezamos.
Tras las interminables revisiones del abrigo camel, los diseñadores sueñan con una primavera más luminosa, más ligera y más colorista. Así ha explicado Marc Jacobs su decidida apuesta por las relajadas formas de los años setenta y por la zona más psicodélica de la paleta cromática.
Incluso los más acérrimos defensores del magnetismo erótico de lo oscuro, se rinden ahora a la claridad. El mejor ejemplo está en Alexander Wang. La nueva sensación del diseño estadounidense, de 26 años, aparca la estética ajustada y gótica que le ha dado la fama en favor de holgadas superposiciones inspiradas en la ropa de trabajo de los pintores (de brocha gorda); en blanco, tonos metálicos y hasta pastel. Por desgracia, le falta originalidad a la propuesta, ya que carga con deudas demasiado literales al trabajo de Ann Demeulemeester, Helmut Lang o Issey Miyake. En cierta forma, es un camino parecido al que recorre su colega y amigo Joseph Altuzarra, de 27 años. Construye una imagen neotribal con vestidos blancos de pechos cónicos y latigazos de pitón y colores eléctricos. Sugerente por su atrevido planteamiento, pero embrollada en su ejecución.
Frente a la electricidad no siempre bien conducida que la nueva generación de diseñadores estadounidenses imprime a su renovado optimismo, destaca la serenidad con la que lo encaran los veteranos. Porque la ilusión por la recuperación no debería empañar la lección aprendida: el valor de la simplicidad y la autenticidad. Tommy Hilfiger celebró sus 25 años en la moda con una colorista revisión de los códigos preppy sobre los que ha construido una compañía por el que el gigante Philip Van Heusen ha pagado 3.000 millones de dólares este año. Las mujeres vestidas como Babe Paley, con un cárdigan arrojado sobre un vaporoso vestido, y los hombres con chinos y mocasines no son una novedad en su catálogo. Pero el discurso de siempre rejuvenece al aceptarse, con alegría y sin más pretensiones.
Diane von Furstenberg estrenó director creativo, Yvan Mispelaere, con una colección que abraza el estampado y el color con la calma de la madurez. También Carolina Herrera se enfrenta a su propia identidad con confianza. Combinando flores sacadas de tratados de botánica del siglo XVIII con la sencillez de las formas asiáticas, Herrera transmite el placer de la belleza sin trampas.
EUGENIA DE LA TORRIENTE
La bofetada de realidad sorprendió a los diseñadores en plena recuperación del hedonismo de los años ochenta. El verano de 2009 era una disoluta apropiación de hombreras, brillos y otros excesos propios de la década. El brutal reajuste provocado por la nueva realidad de los consumidores se empezó a palpar en el siguiente otoño, pero no tuvo una respuesta convincente hasta la temporada primavera/verano 2010. La primera colección de Phoebe Philo para Celine marcó entonces la senda de un nuevo pragmatismo que cuajó en un minimalismo generalizado para el otoño que ahora empezamos.
Tras las interminables revisiones del abrigo camel, los diseñadores sueñan con una primavera más luminosa, más ligera y más colorista. Así ha explicado Marc Jacobs su decidida apuesta por las relajadas formas de los años setenta y por la zona más psicodélica de la paleta cromática.
Incluso los más acérrimos defensores del magnetismo erótico de lo oscuro, se rinden ahora a la claridad. El mejor ejemplo está en Alexander Wang. La nueva sensación del diseño estadounidense, de 26 años, aparca la estética ajustada y gótica que le ha dado la fama en favor de holgadas superposiciones inspiradas en la ropa de trabajo de los pintores (de brocha gorda); en blanco, tonos metálicos y hasta pastel. Por desgracia, le falta originalidad a la propuesta, ya que carga con deudas demasiado literales al trabajo de Ann Demeulemeester, Helmut Lang o Issey Miyake. En cierta forma, es un camino parecido al que recorre su colega y amigo Joseph Altuzarra, de 27 años. Construye una imagen neotribal con vestidos blancos de pechos cónicos y latigazos de pitón y colores eléctricos. Sugerente por su atrevido planteamiento, pero embrollada en su ejecución.
Frente a la electricidad no siempre bien conducida que la nueva generación de diseñadores estadounidenses imprime a su renovado optimismo, destaca la serenidad con la que lo encaran los veteranos. Porque la ilusión por la recuperación no debería empañar la lección aprendida: el valor de la simplicidad y la autenticidad. Tommy Hilfiger celebró sus 25 años en la moda con una colorista revisión de los códigos preppy sobre los que ha construido una compañía por el que el gigante Philip Van Heusen ha pagado 3.000 millones de dólares este año. Las mujeres vestidas como Babe Paley, con un cárdigan arrojado sobre un vaporoso vestido, y los hombres con chinos y mocasines no son una novedad en su catálogo. Pero el discurso de siempre rejuvenece al aceptarse, con alegría y sin más pretensiones.
Diane von Furstenberg estrenó director creativo, Yvan Mispelaere, con una colección que abraza el estampado y el color con la calma de la madurez. También Carolina Herrera se enfrenta a su propia identidad con confianza. Combinando flores sacadas de tratados de botánica del siglo XVIII con la sencillez de las formas asiáticas, Herrera transmite el placer de la belleza sin trampas.
EUGENIA DE LA TORRIENTE
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