miércoles, 31 de marzo de 2010

Si tuviera más talento me gustaría pasar mi vejez tocando"

Woody Allen actúa en La Fenice, teatro a cuya restauración ha contribuido
"Cada vez que subo al escenario y veo el teatro a rebosar, alucino". Cuando toca el clarinete con la New Orleans Jazz Band, Woody Allen (Nueva York, 1935) tiene esa actitud insegura y modesta que asume en los monólogos de sus películas. Woody Allen

A FONDO
Nacimiento: 01-12-1935Lugar:BrooklynLa noticia en otros webs

"La gente compra la entrada no para escucharme, sino para verme"

"Interpreto la música con la que me formé, y que se oye en mis filmes"
"Si tuviera más talento me gustaría pasar la vejez tocando, pero soy un músico mediocre. De hecho, estoy seguro de que la gente compra la entrada no para escucharme, sino para verme. Si no hubiera realizado alguna pelicula de éxito nadie vendría a mis conciertos", explica a través de un correo electrónico.

Sea por lo que sea, el director estadounidense y su banda pisaron anoche el mítico escenario del Teatro de La Fenice de Venecia. Como suele ocurrir con sus actuaciones, el concierto fue un pequeño acontecimiento en la ciudad y las entradas se agotaron hace ya dos meses. El teatro era un hervidero de hombres en esmoquin y mujeres enfundadas en vestidos largos, a pesar de que se había anunciado que por la noche habría acqua alta.

La relación del creador de Manhattan o Zelig con la ciudad de los canales siempre ha sido muy estrecha. "Adoro Venecia, no me canso de repetirlo", asegura. En esta relajante y tranquila ciudad se casó; a ella acude cada verano con puntualidad casi maniática a presentar una nueva película; en ella intentaba ligarse a través de sus puentes a la espléndida Julia Roberts en el musical Todos dicen I love you. Pero con La Fenice, joya de la corona de la tradición teatral italiana, Allen tiene algo más. Él ha contribuido económicamente a su resurrección tras el espantoso incendio que destrozó el edificio del siglo XVII en 1996.

La última vez que Woody Allen tocó en Italia fue precisamente en 1996 durante la gira Wild man Blues. Anoche, como entonces, fue todo improvisación. En sus conciertos no hay ni programa, ni ensayos y él aparece a los cinco minutos de apagarse las luces. Otra similitud con su manera de rodar las películas. "En mis filmes la improvisación lo es todo. Ignoramos habitualmente el guión, inventamos casi todo sobre la marcha. Sé que se parece a nuestra manera de tocar. Es igual".

Con la misma formación de músicos -Woody Allen (clarinete), Eddy Davis (director musical y banjo), Conal Fowkes (piano), Simon Wettenhall (trompa), Jerry Zigmont (trombón), John Gill (batteria), Greg Cohen (bajo)-, el director se exhibe todos los lunes por la noche en Manhattan, en un club que está debajo de su casa. "Una cita informal entre amigos".

El repertorio apuesta por piezas del jazz clásico de los años veinte y treinta. "Toco la música que escuchaba de pequeño, con la que me formé, la misma que suena en mis películas. Los nombres son Sidney Bechet, gran clarinetista, Woody Herman y la trompa de Bunk Jonhson. Pero también Jerry Martin, George Lewis, los divos de aquella belle époque de Nueva Orleáns. Se trata de un jazz de la vieja escuela, popular y salvaje. Del ragtime al blues y a lo espiritual. Sí, hacer películas es para mí como una terapia, porque durante el año vivo en una vida paralela. La música es mi pasión innata", termina.
Lucia Maggi

domingo, 28 de marzo de 2010

La arroba se convierte en '@rte'

El MoMA de Nueva York incluye el símbolo de la era de Internet en su colección de arquitectura y diseño
En el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA, en sus siglas inglesas) lo llaman "adquisición", pero adquirir un símbolo es bastante difícil. El caso es que la colección de arquitectura y diseño de esta prestigiosa institución cultural estadounidense cuenta desde el lunes con un nuevo objeto, la célebre arroba (el símbolo @) que ha puesto rostro a la era de Internet.

"El arte contemporáneo, la arquitectura y el diseño pueden adoptar manifestaciones inesperadas(...), la adquisición de @ supone un paso más allá. Se basa en la asunción de que la posesión física de un objeto como requisito para su adquisición ya no es necesaria", señala en su blog la conservadora jefe de arquitectura y diseño del MoMA, Paola Antonelli.

Esta profesional asegura que esta peculiar adquisición libera a los conservadores de museos de la necesidad de poseer las obras de arte. Ahora, asegura, son "libres para etiquetar el mundo y dar categoría de arte a objetos que no se pueden tener (porque son muy grandes -aviones Boeing 747, satélites-)".

El origen de un icono

Para los alemanes la arroba representa a un mono, para los griegos, a un pato. Todas las sociedades modernas han dado un sobrenombre a esta símbolo que en inglés se denomina con la palabra at que significa en. El origen de este icono es misterioso, algunos expertos lo sitúan en el siglo XVI cuando era utilizado en textos comerciales venecianos para referirse, como en castellano, a una unidad de medida que equivale a 11,502 kilogramos (aunque la cifra varía según la región).

En 1967 el ingeniero Ray Tomlinson, creador del actual sistema de correo electrónico, la empleó en el primer mensaje que envió. Por este hecho recibió el año pasado el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica .

El símbolo de la arroba, además de en el correo electrónico, se emplea hoy en día en la red social Twitter y en numerosos logotipos y juegos de palabras para combinar el género masculino y femenino en una sola grafía.
Antonio Fraguqas

martes, 23 de marzo de 2010

La sombra del mal

Uno de los pocos escritores latinoamericanos que ha sido crítico con la obra de Roberto Bolaño, Darío Jaramillo Agudelo, le reprochaba tener pocos recursos y repetirlos sin variar. "Me doy cuenta de que su prosa va en remolinos. En cada párrafo uno pasa varias veces por la misma palabra. Abusa de la aliteración hasta el cansancio", apuntaba en un texto que publicó en Babelia. Nada de eso ocurre, curiosamente, en El Tercer Reich, la novela que Bolaño no quiso publicar cuando vivía y que hace unas semanas ha aparecido en Anagrama. No hay ahí esos "remolinos" a los que se refería el escritor colombiano, sino más bien una escritura sobria y contenida, que es la que a él le gusta: economía de medios. Bolaño escribió El Tercer Reich entre 1986 y 1989, y acaso sea la novela a la que se refirió en una entrevista diciendo que era "una mierda insalvable". Sea como sea, ahí está ahora y es cierto que no tiene mucho que ver con las obras de Bolaño ya publicadas, pero no creo que eso tenga que ver ni con los "remolinos", ni con la sobriedad.
Udo Berger, un joven de 25 años, se dispone a pasar sus vacaciones de verano con su novia, la hermosa Ingeborg, en un pueblo de la Costa Brava y empieza un diario donde va a apuntar cuanto ocurre. Vive en Stuttgart, trabaja en una empresa de electricidad, pero lo suyo son sobre todo los juegos de guerra: campeón en su país, llega al Hotel del Mar, que visitaba ya de niño, y quiere aprovechar el tiempo para adelantar unos artículos para una revista especializada y prepararse para un gran torneo en París. Así que despliega en su habitación el tablero y las fichas, y decide compaginar el descanso con la obsesiva dedicación a su juego favorito, el Tercer Reich. La pareja conoce a Charly y Hanna, dos alemanes con los que salen por la noche. Y al Lobo y al Cordero, dos españoles de los que poco se sabe. Udo se aproxima al Quemado, que tiene el rostro desfigurado y un pasado oscuro, y con el que inicia una partida de su wargame. Luego está la bella Frau Else, la dueña del hotel, a la que Udo desea seducir y cuyo marido está enfermo. Un día Charly se va con su tabla de surf, se pierde y se muere. Etcétera. Los rituales cotidianos de las vacaciones de unos jóvenes se enfangan en una tragedia, y una extraña atmósfera turbia flota en las relaciones entre unos y otros. Como hilo conductor, el desarrollo del juego: los escenarios bélicos de la Segunda Guerra Mundial, los generales nazis, las estrategias, las batallas.

En la novela están muchas de las marcas de Bolaño: las situaciones inquietantes, el mal que acecha desde las sombras, los recovecos espirituales de unos personajes poco habituales, el conflicto entre inmadurez y formas consolidadas, los enfangados territorios donde operan el sexo, el juego y las complicidades y recelos de las gentes. Todo eso está, pero sólo asoma desde lejos. Mientras tanto la novela se atasca, no remonta vuelo, se pierde en lo anecdótico, se encharca en las largas descripciones de las batallas del juego. Y termina por notársele mucho que quiere agarrarnos con ese clima de violencia latente en el que gravitan las huellas de una violación.

Y de pronto, sin embargo, algunos relámpagos: "Sólo sé que recorría pasillos y galerías sin ningún tipo de reserva mental, casi con placer, y que el frío del interior traía a mi memoria los fríos de la niñez y un invierno quimérico en donde todo, aunque sólo por un instante, era blanco e infinitamente inmóvil". Es un sueño el que está contando Bolaño, y en esas cápsulas (hay muchas en el libro) aparece el escritor chileno en todo su esplendor. ¿Debió haberse respetado su deseo de que el libro no saliera? ¿De verdad quería que no se publicara si no lo hizo desaparecer? Y, sobre todo, ¿contamina o enriquece al lector sumergirse en los balbuceos, en el taller, en los primeros ensayos con los que un escritor busca encontrar su propio mundo? Por lo que me toca, yo creo que enriquece, y que a los que admiran a Bolaño la novela no dejara de interesarles. Aunque sea por los relámpagos.