martes, 23 de marzo de 2010

La sombra del mal

Uno de los pocos escritores latinoamericanos que ha sido crítico con la obra de Roberto Bolaño, Darío Jaramillo Agudelo, le reprochaba tener pocos recursos y repetirlos sin variar. "Me doy cuenta de que su prosa va en remolinos. En cada párrafo uno pasa varias veces por la misma palabra. Abusa de la aliteración hasta el cansancio", apuntaba en un texto que publicó en Babelia. Nada de eso ocurre, curiosamente, en El Tercer Reich, la novela que Bolaño no quiso publicar cuando vivía y que hace unas semanas ha aparecido en Anagrama. No hay ahí esos "remolinos" a los que se refería el escritor colombiano, sino más bien una escritura sobria y contenida, que es la que a él le gusta: economía de medios. Bolaño escribió El Tercer Reich entre 1986 y 1989, y acaso sea la novela a la que se refirió en una entrevista diciendo que era "una mierda insalvable". Sea como sea, ahí está ahora y es cierto que no tiene mucho que ver con las obras de Bolaño ya publicadas, pero no creo que eso tenga que ver ni con los "remolinos", ni con la sobriedad.
Udo Berger, un joven de 25 años, se dispone a pasar sus vacaciones de verano con su novia, la hermosa Ingeborg, en un pueblo de la Costa Brava y empieza un diario donde va a apuntar cuanto ocurre. Vive en Stuttgart, trabaja en una empresa de electricidad, pero lo suyo son sobre todo los juegos de guerra: campeón en su país, llega al Hotel del Mar, que visitaba ya de niño, y quiere aprovechar el tiempo para adelantar unos artículos para una revista especializada y prepararse para un gran torneo en París. Así que despliega en su habitación el tablero y las fichas, y decide compaginar el descanso con la obsesiva dedicación a su juego favorito, el Tercer Reich. La pareja conoce a Charly y Hanna, dos alemanes con los que salen por la noche. Y al Lobo y al Cordero, dos españoles de los que poco se sabe. Udo se aproxima al Quemado, que tiene el rostro desfigurado y un pasado oscuro, y con el que inicia una partida de su wargame. Luego está la bella Frau Else, la dueña del hotel, a la que Udo desea seducir y cuyo marido está enfermo. Un día Charly se va con su tabla de surf, se pierde y se muere. Etcétera. Los rituales cotidianos de las vacaciones de unos jóvenes se enfangan en una tragedia, y una extraña atmósfera turbia flota en las relaciones entre unos y otros. Como hilo conductor, el desarrollo del juego: los escenarios bélicos de la Segunda Guerra Mundial, los generales nazis, las estrategias, las batallas.

En la novela están muchas de las marcas de Bolaño: las situaciones inquietantes, el mal que acecha desde las sombras, los recovecos espirituales de unos personajes poco habituales, el conflicto entre inmadurez y formas consolidadas, los enfangados territorios donde operan el sexo, el juego y las complicidades y recelos de las gentes. Todo eso está, pero sólo asoma desde lejos. Mientras tanto la novela se atasca, no remonta vuelo, se pierde en lo anecdótico, se encharca en las largas descripciones de las batallas del juego. Y termina por notársele mucho que quiere agarrarnos con ese clima de violencia latente en el que gravitan las huellas de una violación.

Y de pronto, sin embargo, algunos relámpagos: "Sólo sé que recorría pasillos y galerías sin ningún tipo de reserva mental, casi con placer, y que el frío del interior traía a mi memoria los fríos de la niñez y un invierno quimérico en donde todo, aunque sólo por un instante, era blanco e infinitamente inmóvil". Es un sueño el que está contando Bolaño, y en esas cápsulas (hay muchas en el libro) aparece el escritor chileno en todo su esplendor. ¿Debió haberse respetado su deseo de que el libro no saliera? ¿De verdad quería que no se publicara si no lo hizo desaparecer? Y, sobre todo, ¿contamina o enriquece al lector sumergirse en los balbuceos, en el taller, en los primeros ensayos con los que un escritor busca encontrar su propio mundo? Por lo que me toca, yo creo que enriquece, y que a los que admiran a Bolaño la novela no dejara de interesarles. Aunque sea por los relámpagos.

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