Muchos siguen pensando que la salvación del mundo depende de un pensamiento único y autosuficiente: tienen la idea de que el camino hacia el progreso es uno solo – el propio -. Y que vale la pena dudar sobre las diferencias existentes entre los seres humanos. Piensan que la cultura occidental es peligrosa, destructiva y la imaginan todo el tiempo como su peor enemigo. Asumen todo el tiempo características de impenetrabilidad, y ponen un grueso muro frente a sí mismos para protegerse de un reguero de cosas que imaginan hostiles. Mantienen siempre la idea radical de que son lo mejor - por la historia o el color, el estilo de vida o la afiliación política - y de ese modo aparecen frente al observador con un definido perfil subversivo, como en los tiempos de los totalitarismos.
La embriaguez no ha terminado con la elección de Obama, aun cuando parece que Obama está tratando de vencer el grueso muro. Tampoco termina con la crisis económica. Han vuelto a entrar en la olla financiera el pensamiento único y los venenos que él mismo pensaba eliminar: la desconfianza y el desaliento. Para avanzar en este periodo de durísimos enfrentamientos son necesarios medicamentos nuevos y de mejor calidad. Es urgente una reflexión más profunda sobre las limitaciones de esos modos de pensamiento monolítico. Es urgente y necesario redescubrir los ventajes de la variedad, y proceder al sepelio de las presunciones autárquicas que solamente han servido para separarnos.
Cada vez que un pensamiento trata de acercarse y abrir un dialogo con culturas diferentes aparece algo amenazante. En realidad es el temor de perder el dominio sobre el otro. Casi siempre, cuando se inicia la colaboración, las culturas se integran, las diferencias particulares desaparecen y los roces entre las partes son menores. La mayoría de las sociedades están formadas para soportar las diferencias, aunque no de manera inmediata ni tampoco automáticamente. El desafío consiste en encontrar un equilibrio entre la integración y la diferencia, creando una imagen de la nueva realidad, pero siempre pensando más en las semejanzas y menos en los desacuerdos. Hay que reconocer que la historia no está hecha de similitudes crecientes sino llena de aventuras, discrepancias, escándalos etc. Cuando las diferencias no florecen vale la pena buscarlas, inventarlas, darles espacio, pero siempre con intención integradora. De ese modo es posible que nociones como las de minoría, adversario y oposición desaparezcan. Bárbaro solamente es aquel que cree en barbaridades. Si el progreso es una síntesis entre todas las culturas, es necesario tutelarlo, salvaguardando las diferencias, lo cual supone proteger también lo supersticioso. Reflexionemos sobre la historia de San Nicolás y el delgado hilo que hay entre cristianos y paganos. Cada adulto puede profundizar la historia y entenderla.
jueves, 15 de enero de 2009
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